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San Gardel, en vos confío....



Por Manuel Tiberio Bermúdez


Cada 24 de junio, quienes amamos el tango y hemos crecido escuchando ese ritmo construido con trocitos de vida, se nos arruga el corazón rememorando la muerte del “Mudo”, Carlitos Gardel.


Qué no se habrá escrito acerca de este cantor, que el 24 de junio de 1935, en el Aeropuerto Olaya de Medellín muriera de un “avionazo” que no le permitió llegar a Cali en donde se presentaría en el Teatro Jorge Isaacs.


Pero como los mitos no mueren, aun hoy, luego de 64 años de su accidente, los amantes del tango siguen venerando su voz registrada en los viejos acetatos y hoy impresa en la modernidad de los CD. Nos complacemos en mirarlo exhibiendo su figura desde los DVD, que nos lo muestran más cantor, mas artista que nunca en esas viejas películas que dejó para que no lo olvidáramos.


Tenía más motes que un presidiario. Eran apodos que a su muerte aparecieron y que se debían a su oficio de cantor o a su pasado de vida: “El morocho del Abasto”, en recuerdo de su época juvenil en ese barrio bonaerense del Abasto en el que se ganó las primeras monedas y los primeros aplausos. “El francesito” en alusión a su no comprobado origen francés. “El Zorzal Criollo”, por esa voz que la vida le dio para interpretar el tango. “El Mago” por la capacidad interpretativa. Maneras de nombrar al mejor, al cantante quien con su voz nos regaló la nostalgia de esa música que viaja en los recuerdos.


Versos que se volvieron canción y que construyó con Alfredo Lepera. Letras inolvidables como “Volver”; “El día que me quieras”: “Por una cabeza”; y otras más que hoy son tesoros para los coleccionistas de canciones de este inolvidable cantor.


Se no fue Gardel, pero como decimos todos los que amamos su fraseo para el tango: “cada vez cantas mejor”.


En el rebusque, estamos todos


Por Manuel Tiberio Bermúdez


Diariamente, la necesidad nos arroja a la calle a miles de colombianos: hombres, mujeres y niños, jóvenes, adultos y ancianos, a ejercer el ingenioso, pero no fácil oficio del rebusque.


Todos tenemos algo en común: formamos parte del sinnúmero de desempleados que ya perdimos la esperanza y que en las estadísticas nos nombran como trabajadores de la economía informal.


Somos muchos, muchísimos más de los que las cifras aseguran. Caminamos las calles, cargando con nosotros hojas de vida por docenas y cada que nos preguntan ¿qué estamos haciendo?, contestamos: “trabajo independiente”, es decir, debe interpretarse como, “estoy desempleado”.


Pero, como siempre, a unos les toca más difícil que a otros para ganarse lo del bus, que a propósito es un puesto de venta rodante de las más diversas mercaderías: lápices, libros, agujas de las derechas, de las torcidas, de ojo grande de ojo pequeñito. Combos de cadena, pulsera, aritos y anillo, por únicamente 5 mil pesitos....”y es plata Ley 900” según asegura el vendedor.


El bus, también es el ágora moderna en donde se escuchan las historias de redención y milagros de salvación: “Me da pena interrumpir su viaje, damas y caballeros, pero gracias a la amabilidad del señor conductor –que Dios lo bendiga- voy a narrarles en pocos segundos mi historia. Yo fui un delincuente callejero y no quiero seguir haciendo daño a nadie, pertenezco al centro de rehabilitación “Ya lo dejé”, y como una muestra de mi deseo de cambiar le estoy ofreciendo en el día de hoy esta promoción que consiste en un bolígrafo, un portaminas y sus repuesto de minas. En cualquier papelería el solo lapicero le vale 800 pesos, pero yo le doy todo en tan sólo mil pesitos. Si Ud. no quiere llevar esta fabulosa promoción, pueden colaborarme con cualquier monedita, la que su corazón le diga, no importa sin son cien, doscientos, lo que Ud. quiera. Les deseo un feliz viaje y que Dios los bendiga”.


No mas se cierra la puerta tras el recién bajado, entra de un salto una chica a la que el sudor del trajín por su trabajo pone visos de luz sobre su piel. “Señoras y señores, me he decidido por este trabajo que es honrado para evitar las tentaciones de un mal camino al que me puede llevar la necesidad. En el día de hoy les vengo a ofrecer este delicioso producto. Es una rica galleta que viene en tres sabores. Una vale doscientos para mayor comodidad lleve las tres en quinientos. Por favor no arrojen el empaque dentro del bus. Muchas gracias y que tengan un buen viaje. Recuerden una vale doscientos las tres solamente quinientos”.


El bus es también escenario en donde la necesidad del pan cotidiano trueca canciones por monedas. “Señoras y señores, perdonen que perturbe su viaje. Como ven vengo a interrumpir sus reflexiones para ofrecerles algunas canciones que es con lo que me gano la vida para sostener a mi familia. Y haciendo los más difíciles actos de equilibrio, para que pase la señora con una enorme bolsa, o sonriendo al niño que quiere tocar su guitarra de todos los sustentos, nuestro artista interpreta dos o tres temas, que nadie aplaude, pero que conmueve los sentimientos y aligera de monedas en los flacos bolsillos de los solidarios con el rebusque.


Más allá, esquivando la prisa de la cotidianidad se prepara el “hombre estatua”. Maquilla su rostro con una untura de color dorado, se acomoda una túnica brillante, se quita los zapatos de muchas calles recorridas y los pone, más que con cuidado, con amor dentro de un balde plástico el que luego voltea boca abajo y convierte en su pedestal al que sube para adoptar su rol de “estatua humana” mientras por su lado corre la gente en ese loco afán que impone la rutina cotidiana.


En una esquina, dos niños aprovechan los escasos segundos de quietud que obliga la luz roja del semáforo, para trepar apresuradamente, uno sobre los hombros del otro, y en un santiamén, realizar malabares, a los que el fuego que los acompaña da la impresión del riesgo fatal. Luego, en un tiempo que ya está reducido a su mínima expresión, corren entre los vehículos para recoger la solidaridad o la indiferencia que su improvisada mini función de circo contra el hambre pueda recibir de los apresurados conductores.


Por allí sentado sobre el anden de los pasos presurosos, un pintor sin caballete, en tiempo record, plasma, sobre un espejo, el paisaje de nuestros sueños inalcanzables. Casi se siente el viento despeinando la palmera que en primer plano, enmarca un mar azul y calmo en el que quisiéramos estar para espantar este calor que nos envuelve.


Dos pasos más allá un hombre asegura: “el que le vende a Ud. el televisor no sabe sino de ventas, pero no sabe nada de electrónica. Yo, en este día le estoy entregando por solo 5 mil pesitos, el “atrapa canales”. Con este aparatito que Ud. Ve en mis manos, puede coger todos los canales de televisión. Llévelo uno para el señor, otro para la señorita....


“Tengo la uña de gato” grita un individuo que tiene varias cortezas de árbol sobre un trapo rojo en el piso. Yo miro sin que me vea, sus manos huesudas y manchadas de nicotina, pero fuera de la mugre que se nota entre sus uñas no veo nada parecido a las garras del felino que casi con orgullo pregona.


Pero ahí no termina el hervidero de rebuscadores. Médicos, políticos a punto de inanición, ingenieros con o sin ingenio, sociólogos, pediatras, y muchos otros profesionales que arrojan diariamente las universidades y los que hace tiempo arrojó, también andan en la dura tarea del rebusque y no olvidemos a quienes con sagacidad se rebuscan entre los rebuscadores.


Corro presuroso, para no desentonar en medio del aparente afán de todos y llegó hasta mi casa a escribir esta crónica que me permite mi propio rebusque cotidiano.


Viajero de la palabra: palabra misma él



Por Manuel Tiberio Bermúdez
Se llama Ricardo León Peña Villa, es nacido en Medellín y desde 1990 vive en la ciudad por todos ansiada: New York. Su vida está llena de historias y el mismo es una historia que vive. En la ciudad de los rascacielos ha liderado diferentes trabajos artísticos y sociales y es protagonista del movimiento Squatters, es decir, personas que se han tomado edificios abandonados en la ciudad de Nueva York y en el corazón mismo de la Gran Manzana : Manhattan.

Fue una historia difícil en la que la naturaleza casi se confabuló con la policía para sacarlos de esos edificios que convirtieron en sus casas de habitación: “En la primavera de 1989, los ocupantes del Umbrella House, uno de los edificios símbolos de esta batalla de conquista territorial, se pertrecharon en el interior del inmueble para impedir su demolición. "Estoy dispuesto a morir por mi casa", versaba el cartel de uno de los inquilinos a través de su destartalada ventana. El edificio y sus ocupantes sobrevivieron la intentona” – dice una reseña periodística de esa lucha vivida y que hoy como resultado deja a Umbrella House, “recuperado, reconstruido con su trabajo y ahora propio”.

Ricardo León Peña Villa, llegó a Caicedonia invitado al III Encuentro Nacional e Internacional de Escritores por la Paz de Colombia y desde su arribo a la Centinela del Valle del Cauca, cautivó el corazón de los jóvenes de ese Municipio norte vallecaucano por su descomplicada alegría, por su personalidad, por sus palabras llenas de amor sincero, por su poesía que es testimonio de vida, de lucha, de reconocimiento a quienes quiere.

“Nueva York es un olvido, -dice- no hemos podido tener un líder allí que nos una. Está tan mal la comunidad colombiana allá, que hay partido liberal y conservador” dijo en un conversatorio que tituló “Pregunte lo que quiera sobre Nueva York para que no vaya”. “Nueva York es un destino muy duro, es un dolor por pagar cada vez, (y no es solamente esa, ciudad es cualquier ciudad que se escoja como exilio) y mientras uno paga los derechos de piso pasan los años y pasan muchas vidas por uno, y pasa mucho dolor. Nueva York, es una ciudad despiadada donde todos somos anónimos. Es una ciudad sin misericordia con nadie. Nueva York, es despiadado; estamos vindicados por un pasado de traqueteo, estamos señalados por ser muy ágiles para todas las trampas y yo lo he denominado en inglés “colombian thinking”.

“En Nueva York, los poemas –asegura Peña Villa- se empezaron a suceder como una necesidad ante el hambre”. Hoy el poeta que es Ricardo Peña Villa tiene publicados: “La poesía como recurso a la soledad en Nueva York”, “Tigre de Aries”, “Treintaitres” y “Decir New York: testigo propio” impreso en España por Ediciones Menchaca.

Ricardo León Peña Villa, es un viajero de la palabra; palabra misma él, soñador pero sobre todo un supervivens. Amigo de los sueños, amigo de las realidades, un hombre que busca con su palabra sembrar la ternura y que ama el hecho de vivir sobre todas las cosas.

TENGO UN TANGO

Muchas personas se intrigan de ver en la carátula de su libro “Decir New York: testigo propio”, la foto de un perro, sentado sobre una silla y posando como “un humano” para el fotógrafo David Troncoso. Interrogado sobre la razón de esta insólita portada el poeta Peña Villa cuenta: “Hace algún tiempo llego a mi apartamento en Nueva York un amigo Uruguayo con un perro hermoso más el argumento: “¿Te acordas que en una conversación me dijiste que un perro sería una excelente compañía para la soledad?...Mira, vos vivís solo…y me señaló el animal. Un perro –pensé- éste es el que me va a obligar a salir a buscar plata para la comida de él y a sacarlo a pasear. Me agaché, le tomé el hocico y le dije: -¿Usted quiere vivir conmigo? Su respuesta fue que me pasó la lengua de lado a lado de la cara. Le pregunte a mi amigo: ¿Bueno hermano y éste qué personaje es? Me extendió los certificados médicos, las vacunas y… se llamaba…Pig, que quiere decir marranito”.

“Le di la bienvenida al perro, entramos a la casa y le dije: Bueno hermano, los únicos animales que vamos a vivir en esta casa somos usted y yo. Usted se encarga de que no haya ratones ni cucarachas y yo me encargo de usted. El perro fue y dio una vuelta por el apartamento olió todo me miro y con su mirada me dijo: efectivamente aquí vamos a vivir los dos”.

“Le advertí de las amantes ocasionales, de mis amigos trasnochadores, me senté y le dije sin miramientos: ¡mire hermano, usted tiene un nombre tan pendejo que no lo resisto!...al fondo estaba sonando en ese momento Aníbal Troilo y entonces le dije: bueno hermano se va a llamar Tango y desde ese momento, es un perro muy especial, ha trabajado en cuatro películas, muchos pintores lo han pintado, recibe postales de todas partes del mundo, han hecho varios especiales de televisión sobre él y como le digo a quienes lo preguntan: es un perro con poeta propio”.

UN POETA QUE SIEMBRA AMOR

No es pose para ganar lisonjas, no es actitud para recibir aplausos, es el convencimiento desde su interioridad que lo mueve a ser un hombre que siembra y comparte el amor. En Caicedonia, fue sólo a leerle poesía a los reclusos, les contó que estaba acostumbrado a la soledad de la gran ciudad, les dijo que la responsabilidad de los poetas es el amor, que la palabra del escritor es libertad y que: “ustedes son unos varones que están respondiéndole a la sociedad por sus faltas y con la esperanza de que la puerta esté pronto para ustedes y que la libertad sea”.

Luego acompañado de un grupo de niños, que por primera vez iban a una cárcel, el poeta los llevó para que leyeran sus trabajos y también para que escucharan a los presos poetas que por primera vez daban a conocer sus escritos. A una pregunta de los niños de por qué ir a la cárcel a leerle a los presos les dijo que “es para que sean hombres y mujeres de bien en la vida, que no hagan nada que los vaya a llevar a prisión” y les explicó a los reclusos que esto también es educar.

Terminado el encuentro de Escritores, Ricardo León Peña Villa suscribió con los niños un documento que denominaron “Manifiesto desde la juventud” y en el que los jóvenes y niños de Caicedonia aseguran: “Hemos aprendido que si, que hay un futuro lleno de posibilidades y renunciamos a usar las armas”.

Ricardo León Peña Villa, recuerdo y ejemplo para la juventud de Caicedonia. Sembró la semilla del amor y dejó plantada la simiente del amor por la palabra y por el otro. Dejó sus versos que cuentan su historia en Nueva York donde transcurre su vida haciendo poesía, componiendo canciones, asumiendo causas sociales y regalando el amor a manos llenas para todo aquel que un día o una noche llega a esa casa que es santuario de los intelectuales: Umbrella House.

Hay versos que definen al hombre que es Peña Villa y sus vivencias en la tierra del recuerdo que son las torres gemelas: “En el tren 7 se pueden encontrar/ los personajes más bellos/ para un film sobre la tristeza/.

Sus añoranzas también hacen presencia en los versos de sus poemas: “De América extraño a Colombia/ de Colombia extraño a Medellín/ de Medellín, mi barrio Santa Lucía/ de mi barrio extraño mi calle/ de mi calle extraño mi casa/ de mi casa extraño a mi padre y a mi madre/ pero mi padre y mi madre ya no están/ ¿entonces que extraño?/ A mi hermano Iván/.

Ricardo León Peña Villa deja constancia de su paso por la gran ciudad de los rascacielos: “Digan cuando muera/ que New York fue mío, / Dejo la razón porque mientras lo vivo lo digo, lo siento/….”Digo y digan, que hice la revolución /desde el amor, desde la acción, desde el abrazo/ desde el perro mas humano, Tango (y hablo por él)/ desde la sonrisa a solas cuando pienso en mis amigos/ y sus delirios vivos.

El poeta recuerda lo que es y su pasado que queda diluido por los logros en su la ciudad que ama y vive y en donde ha conseguido varios premios de periodismo –cuatro para ser exactos- pero no borrado totalmente: “Soy hijo de una patria/ que ni siquiera lo sabe/ y de la cual cargo su nombre/como apodo en el exilio. / soy un poeta/ y eso es lo confesable/ porque adentro/ llevo un bandido…sin retirar/.



Si le relincha el bistec



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Por Manuel Tiberio Bermúdez

Lo del “bistec a caballo”, ha dejado de ser solamente el nombre de un plato en la carta de los restaurantes, para convertirse en una realidad contundente, pues desde 1990 el Ministerio de Salud de nuestro país ha dicho que los “equinos” son aptos para el consumo público, pero esto no quiere decir que en Colombia se consuma cotidianamente la carne de estos jamelgos; claro que de manera encubierta y sin darnos cuenta, de repente, alguna vez nos hemos preparado un buen asado de caballo y no de res como quizá lo suponíamos, pues comerciantes inescrupulosos compran a mataderos clandestinos carne de caballo que venden como si fuera de res en sus afamadas famas.

Gracias a Dios, soy montañero


Por Manuel Tiberio Bermúdez

Ayer, como si fuera una gran ofensa me dijeron: “montañero”. Todo porque en una charla sobre música, dije que la salsa era muy repetitiva y se hacía aburridora.


No mas terminar de dar aquel concepto y se armó la grande contra mí. “Usted no es mas que un montañero”, me dijeron en coro.


Creyeron que iba a sentirme mal, pero se equivocaron. Les dije que me sentía orgulloso de ser “montañero y pueblerino”, que lamentaba que ellos no tuvieran la dicha de llevar ese apelativo, y aún mas, les tenía lástima a quienes, como ellos, nunca habían vivido en un pueblo.


Efectivamente, nací en un lugar situado al norte del Valle del Cauca: Caicedonia, pueblo que queda arriba en la montaña donde uno se siente mas cerca de Dios y de las estrellas, pero, los citadinos toda la vida han creído que Caicedonia, es “un pueblo violento que queda en el Quindío”.


Los citadinos no saben a que huelen los cafetales florecidos, ni conocen el grato olor que produce el ganado reunido. Los hijos de la gente de la ciudad piensan que las vacas dan la leche en bolsas de plástico - y dejan de tomarla- cuando ven, el para ellos, extraño espectáculo del ordeño.


La gente de la ciudad ignora lo que es tirarse boca arriba en un potrero (además, no saben qué es potrero) a observar cualquier noche el cielo estrellado y dejarse arrullar por los recuerdos. Escasamente les queda tiempo para leer, presurosos, los avisos de neón que la urbe les avienta atropellándolos con la publicidad de discotecas, almacenes y cuanta venta existe.


Los citadinos no saben de la emoción de la espera cuando la “clueca” está calentando los huevos que mas tarde se convertirán en “pollitos”, ni han visto el bello espectáculo de esas “bolitas lanudas” piando tras de la gallina. Si acaso, tienen el tiempo justo para llegar a toda prisa y ordenar “un pollo asado o apanado”, que es lo mas cerca que han podido estar de esas aves.


Los de la ciudad no han vivido la experiencia de escuchar, al amanecer, el clarinazo sonoro y efectivo de un gallo madrugador, ni mucho menos, de despertar entre los sonidos amables y hermosos de los pájaros; por si acaso, en diciembre se compran un pajarito plástico que silba monótonamente, escondido en algún lugar del árbol navideño.


Tampoco el citadino tiene la mas remota idea de a qué sabe el agua de la quebrada en el cuenco que forman nuestras manos, para eso está el agua ciudadana que compra en botellones o en “chuspitas” de plástico.


Qué sabe el citadino de una noche entre tiples y guitarras tocadas por manos toscas y sencillas; no conoce el sentido evocador y los sentimientos que producen las voces no profesionales de la gente del campo entonando esos “despechos” como oraciones al anochecer. Ellos, los ciudadanos, tienen un equipo de sonido de 1000 vatios de potencia para desesperar la paciencia de los vecinos disparándoles la música in, o despertar al vecindario con el estruendo de la música rock.


Para los de la ciudad, el tiempo es oro. Hay que correr para alcanzar el bus, hay que correr para llegar cumplidamente a la cita con el incumplido, hay que correr, aunque no se tenga prisa porque los otros corren. Hay que correr...


Los habitantes de las urbes son extraños en su propia ciudad. Doscientos metros después de la puerta de su hogar, no son mas que extraños entre extraños. En los pueblos, nos queremos o nos odiamos, pero nos conocemos y tenemos a la mano, para uso cotidiano, la solidaridad de la gente. Para los citadinos, la solidaridad va en relación directa con la cuenta bancaria.


Finalmente, en el momento del despegue final, a la hora del adiós sin retorno, la ciudad es impersonal y fría. Un entierro en la ciudad, se hace en carro y a prisa, como si estorbara el difunto; en el pueblo, los amigos se llevan en hombros como tributo final a la amistad. La ciudad es muy sola...por eso sigo pensando y pregonando: gracias a Dios, soy montañero.


La historia del condón




Por Manuel Tiberio Bermúdez

Ahora, con el alboroto que hay por la gran cantidad de adolescentes embarazadas, vuelve a ponerse de moda el tema de los anticonceptivos.

Uno de los más reconocidos y de mayor aceptación es el condón. Dejó hace ya algún tiempo de ser un producto que se pedía entre dientes y que era casi clandestino para entrar a ocupar un lugar de preferencia, no sólo en su uso, sino que forma parte de las más impactantes campañas para el control de la natalidad y también como una de las maneras más efectivas de evitar las enfermedades de trasmisión sexual.

Y hoy ese humilde y clandestino ingenio ya es un asunto que atañe al estado, a la iglesia, a los estamentos educativos y a los padres de familia, claro esta, sin dejar de lado a los jóvenes que son, sino sus máximos defensores, sí sus más numerosos usuarios, por aquello de que les ofrece alguna seguridad para sus copulas de ocasión.

Pero detrás de este, hoy, imprescindible artículo que ya forma parte de la cotidianidad y que debería formar parte de la canasta familiar hay una historia que se remonta muchos años atrás.

Vamos despacio: se asegura que la más antigua referencia a un condón se haya en la leyenda del rey Minos de Creta. Se dice que Minos poseía un semen maldito que contenía escorpiones y serpientes. Minos se casó con Parsifae, hija del sol e inmune por lo mismo a las peligrosas descargas seminales de Minos. Sin embargo no había descendencia entre la pareja por lo que una mujer de nombre Procris ideo un truco que consistía en colocar la vejiga de una cabra en la vagina de una mujer y allí Minos descargaba su infectado semen para luego copular con Parsifae que por fin pudo tener descendencia.

Por otra parte ya en la actualidad la primera referencia a algo parecido a un condón se encuentra en uno de los libros del famoso medico italiano Falopio quien describe “una funda de lino, adaptable al glande utilizada por más de mil hombres para evitar el contagio de la sífilis”.

Más tarde en el siglo XVII fue la tripa de las reses la que se acomodó a tal menester pues puesta en el pene antes del coito servia como “armadura para el goce y telaraña contra la enfermedad”, pero por este tiempo aparece un doctor de la corte de apellido Condom o Conton a quien se le atribuye la paternidad del invento.

La primera vez que se habla del condón como tal es en el libro de un tal Dr. Turner dice allí haberse dado cuenta de hombres que “preferían contraer una enfermedad venérea antes que emplear esa detestable armadura llamada condón.

Como sucede en mucha ocasiones también ha habido detractores del condón que lo han descartado como antienfermedades tal el caso de un médico del siglo XIX que decía del condón: “Esas membranas de pescado usadas para proteger el pene durante el coito son una vergonzosa invención que disminuye el placer y destruye el fin natural de la cópula, a la vez que no aseguran inmunidad alguna, pues por cualquier agujero puede filtrarse el contagio o rasgarse en la tensión del coito". De otro lado un francés llamado Astruc condenaba su empleo afirmando: “He oído decir a los más bajos libertinos... que en Inglaterra se empleaban fundas suaves de pellejo, llamadas condoms, para envolver el pene en el coito y protegerlo, como lo hace la cota de mallas en el campo de batalla. Es un grave error."

Pero a pesar de todo cada vez se iba popularizando el uso del condón y se afirma que Casanova el más famoso conquistador solía usarlo y recomendarlo. Pero además el condón ha tenido muchos sobrenombres: levita inglesa, ropaje tranquilizante, gorro de seguridad o estuche preservativo.

Pero la popularización definitiva del condón se debe a la invención del caucho por Charles Goodyear pues hasta 1930 se hicieron en caucho vulcanizado, luego se inventa el látex lo que significo la elaboración de condones más delgados y a precios más accesibles. Posteriormente el condón da un vuelco inmenso al dejar de ser un preservativo de enfermedades para convertirse en un anticonceptivo. Eso ocurre hacia la década de los 70.

Su prestigio es y sigue siendo cuestionado pues se le considera inseguro, incomodo y fastidioso y además muchos dicen que se rompen en los momentos menos oportunos con el riesgo de un embarazo indeseado.

Lo cierto es que hoy en día y debido al descubrimiento del SIDA, el uso del condón se volvió más popular que nunca en toda su historia, y es hoy por hoy el método más utilizado como anticonceptivo y como protección contra las enfermedades de trasmisión sexual.

Para tranquilidad de los detractores del condón quiero contarles que un condón excelentemente fabricado debe de resistir 300 mililitros de agua sin escurrimiento. Debe de aguantar una presión de 18 litros de aire y 1 kp de presión según las normas internacionales de calidad y por lo tanto debe de resistir sus ímpetus sexuales. ¿o no?