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12 de mayo de 2009

El invencible Raphael


Por Manuel Tiberio Bermúdez

Nadie que tenga sus sentidos completos, puede negar las cualidades y calidades artísticas de Raphael. En Cali, volvió a demostrar porque desde hace mucho se le llama, “monstruo”.
En la Plaza de Toros, el artista volvió a enamorar al público que aplaudió emocionado su presencia en el escenario. “Raphael, Raphael”, gritaba el respetable, ante la figura del español, Miguel Rafael Martos Sánchez, quien apareció primero en vestido completo para saludar a sus seguidores y luego, saco al hombro, camisa y pantalón negro, sello de sus presentaciones, señaló burlón: “esta imagen mil veces vista, gracias a mis imitadores, de los cuales no he recibido un pesos de regalías”, y empezó a cantar….

Canciones de siempre, canciones que ponen un raro temblor en la piel y en el corazón fueron coreadas con emoción, cantadas desde dentro, desde ese lugar indefinible donde vive la ternura.

Digan lo que digan; Desde aquel día; Mi gran noche; Cierro mis ojos; A veces llegan cartas, fueron el repertorio de entrada, las llaves para ingresar al corazón enamorado de quienes sentían el regreso a otros días, a otros recuerdos, a otras sensaciones.

Me gustó lo que vi: la tecnología integrada a los sentimientos. Cientos de lucecitas que delataban las filmaciones que se realizaban desde los modernos teléfonos moviles. Las llamadas a vía celular a ellos o a ellas para compartir la emoción en distancia de esa voz inacabable de Raphael.

Cantó como siempre, con esa voz que el tiempo aun no vence, puso el adorno de los gestos de gitano universal que lo han hecho famoso, aprovechó la tecnología moderna y nos emocionó cuando cantó a dúo, con Roció Durcal, bailó bien la celebración de sus 50 años de vida artística y renovó el amor que Cali le profesa.

Cantó, lo que quiso y como quiso e hizo que por mas de 90 minutos olvidáramos que el mundo al otro lado, cuando se apagaran las luces del escenario y regresáramos a la realidad, no tiene la ternura que nos dejan sus canciones. Volvimos a ver a Raphael, aplaudimos su presencia y agradecimos que nos rescatara de la realidad y nos volviera a regalar un poco de ternura enamorada. Al salir de la Plaza, yo tarareaba, “más dicha que dolor hay en el mundo”…y el policía no entendió mi alegría.

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