El micrófono como forma de atropello

Por Manuel Tiberio Bermúdez

Hace algunos años, no muchos que digamos, un micrófono, ese mágico invento del que fue precursor don Thomas Alba Edison, y que tantos usos tiene, inspiraba respeto. Pero no era debido a la función que cumple, cual es la de ser capaz transformar las vibraciones de la voz en energía eléctrica, sino que se entendía que quien lo usaba era una persona preparada para ello.

Desde la primera frase trasmitida por un aparato que tenía un micrófono incorporado y que no fue ningún mensaje salvador, sino el sencillo llamado de Alejandro Graham Bell a su ayudante: “Por favor, venga, señor Watson. Le necesito”, pasando por el comentario que hizo el astronauta Neil Amstrong, el primer ser humano en pisar la luna aquel inolvidable 20 de julio de 1969: “Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad...", llegando hasta las deliciosas estupideces dichas por algunos famosos y famosas como esta de Pamela Anderson “No es la contaminación lo que esta dañando nuestro ambiente… Son las impurezas en nuestro aire y en nuestra agua las que lo están haciendo.” O la respuesta que dio Alexia Zambrano, candidata a Miss Colombia a la pregunta: ¡A que personaje le gustaría conocer? “Definitivamente me gustaría conocer a Lady Di. Afortunadamente ya se murió”. Y ni que decir de la perla lanzada por Mariah Carey: ““Siempre que veo la tele y veo a esos pobres niños hambrientos en todo el Mundo, no puedo evitar llorar. Quiero decir, me encantaría ser así de flaquita, pero no con todas esas moscas y muerte y esas cosas…” y para que den la vuelta al mundo esas frases, las han recogido y trasmitido algún micrófono.

Les decía al comienzo que antes se le tenía respeto al micrófono y por consiguiente al oficio de locutor, pero, los investigadores más juiciosos, luego de profundos y sesudos estudios, no han logrado descifrar en qué momento, a qué horas, en qué día, en qué fecha y por qué motivos se le perdió el respeto al aparato y al oficio y hoy pululan personajes de todo tipo, sexo, color y condición social, que se hacen llamar locutores y vociferan a diestra y siniestra parrafadas completas de noticias, comerciales o entrevistas, que sin ningún recato, avientan a “su amable audiencia”. ¡Que esto suceda no es problema! Lo malo del asunto es que sin ninguna preparación, y sin ningún remordimiento o vergüenza o como dicen los muchachos “sin dárseles nada”, vuelven el idioma “ropa de trabajo”, y hacen unos comentarios que a uno como oyente le da esa cosa que llaman “pena ajena”. Todo sea por la información democrática

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