Un tinto amargo...


Por Manuel Tiberio Bermúdez

Hay noticias que sacuden, que sorprenden, que rompen nuestra capacidad de reacción, que golpean el alma. Son como los versos del poeta “Son pocos, pero son…Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”.

Eso fue lo que sentí cuando a mi regreso a Caicedonia me dijeron que César Cárdenas Urrea había muerto. Y me dolió que quienes constantemente bombardean mi correo electrónico con mensajes, en ocasiones insubstanciales, no me hubiesen informado del triste suceso.

Porque Cesar Cárdenas era, para mí, un ser humano especial. Aprendí a apreciarlo desde cuando yo, siendo muy joven y aficionado a la ropa negra, la cual usaba con alguna frecuencia, sin ser amigos ni tener ningún vínculo especial, me abordó alguna noche en la Fuente de Soda la Samaritana donde yo jugaba a la soledad y me dijo “los que usan ropa negra, con tanta frecuencia como usted, tienen tendencia al suicidio”. Y se retiró. Ese fue mi primer contacto con Cesar.

Luego, con la intermediación de Jairo Serna, el poeta con el que le aposté al juego de las palabras y quien me regaló su complicidad en noches de bohemia, tuve la oportunidad de hacerme amigo de Cesar.

Me gustaba ponerle tema, para que encendiera su locuacidad y hablara sin parar (eran las épocas de su lucidez), hacia reflexiones, citaba textos, hacia memoria para invocar párrafos archivados en su retentiva de lector sin límites.

Luego me tocó verlo en varias ocasiones, como un personaje de cuento, exquisitamente trajeado y compartiendo espacios con importantes hombres de la política en varios escenarios de nuestro departamento.

Cesar era parte del entorno de esa Caicedonia paquidérmica y chismosa en la que muy pocas cosas importantes sucedían. Locuaz e inteligente, Cesar, fue punto de referencia para las lenguas de las beatas rezanderas y de los varones de zona de tolerancia cuando habló abiertamente de sus preferencias sexuales.

¡Como no recordarlo en sus noches de bohemia cuando en compañía de don Héctor Osorio –el dueño del Teatro Aladino- armaban tremendos parrandones y Cesar, como un personaje de cuento, danzaba y cantaba subido en las mesas de La Samaritana dando rienda suelta a su alegría y desafiando las voces asordinadas de los criticones de turno.

Luego el paso del tiempo le fue arrinconando en su mundo. Un mundo personal al que pocos pudimos acercarnos. Se fue empequeñeciendo, quizá por el peso de sus conocimientos o por el de los libros que siempre cargaba con él. No uno, sino varios al tiempo, en una mezcla incomprensible para todos los que lo conocimos.

Recuerdo el último encuentro. Me pidió el tinto de siempre, los cinco mil pesos para sus pastas y me habló de la animadversión hacia sus hermanos. Me comentó sobre los últimos atentados que tenía preparados contra él “el maldito del Bush”, hablamos un rato sobre algún tema de ese pueblo “sin gracia” y me permitió tomarle algunas fotos para el recuerdo.

Nos despedimos con la promesa de un próximo encuentro para un tinto. Regresé, pero esta vez, a mi vuelta a Caicedonia, me tocó tomar el tinto solo allá en el Burila, donde me dieron la noticia de su muerte, y esta ocasión, por única vez de mi vida, el tinto del Burila, me supo amargo…

Manuel Tiberio Bermúdez Caicedonia 22 de marzo de 2008

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