Textos que compartidos se vuelven viajeros.

26/4/12

¿Se nos acaba el cielo?

Charlemos

Manuel Tiberio Bermúdez

La noche, según algunas definiciones, es el período entre el atardecer y el despuntar del sol al día siguiente. Los hebreos y algunas otras naciones dividían la noche en 4 partes. La primera comenzaba luego de puesto el sol y se llamaba tarde, vespere, y duraba más o menos hasta las nueve; la segunda, desde esta hora a las doce y se llamaba media noche; la tercera, de las doce a las tres y solían llamarla canto del gallo y la cuarta, desde las tres hasta las seis o salida del sol a la cual llamaban mañana, mane o custodia matutina. Algunos pueblos contaban por noches y no por días.

La noche ha servido para darle el ambiente propicio a las historias de terror, es cómplice de los amores furtivos y de los otros, ha sido cubierta para crímenes espantosos, es tema de poemas y canciones, pero al parecer, la noche, se nos va a acabar.

Sí, así como lo leen. ¡La noche se va a acabar!, y todo por culpa de los alumbrados nocturnos que tanto ayudan pero que cambia la vida de todos los seres que habitamos el planeta.

Hoy somos víctimas de un fenómeno que los expertos denominan contaminación lumínica y que lo produce la luz artificial y esa contaminación le cambia las prácticas de vida a muchos seres vivos. Es por ello que ya la noche ni siquiera sirve para inspiración de poetas pues con tanto aviso ya uno no “acata” mirar al firmamento en donde dizque brillan las estrellas. Por eso los apagones que a veces se suceden son tan de buen recibo ya que nos permiten redescubrir un cielo estrellado que hace tiempo y debido a las luces nocturnas hemos perdido.

Estamos haciendo una campaña para devolverle el firmamento con todos sus fenómenos celestes, de estrellas cometas y demás, a la raza humana que se le olvidó mirar hacia las alturas. Váyase con ella y redescubra que allá arriba hay una estrella que hace siglos brilla tercamente para usted. Tírese boca arriba en un potrero y descubra la insignificancia de nosotros “los simios erguidos” ante la magnificencia de un cielo estrellado. El cielo también es nuestro, no lo desaprovechemos.

Y si el amor acosa, mire las estrellas en los ojos de ella; es otra forma de alcanzar el cielo.
Share:

25/4/12

Semana Santa de ayer




Por Manuel Tiberio Bermúdez


Son las dos de la tarde. Hacía algún tiempo no venía a Caicedonia y aprovecho esta Semana Santa para visitar la ciudad, para buscar el encuentro con los amigos, para ponerme al tanto  de las novedades del pueblo.

Camino por la carrera 16 que a esta hora esta muy sola para ser el día que es: Jueves Santo. Saludo al vendedor de dulces que otrora me surtiera de cigarrillos menudeados para espantar el ansia. Una brisa empieza a caer y a medida que avanzo se intensifica.

Enfilo mis pasos hacia dónde mi amigo Alberto Ríos, “Atalaya”. Siempre soy bien llegado a su casa, siempre me siento bien visitándolo y compartiendo con Alberto, por cuyas manos han pasado momentos memorables de la historia de este pueblo: noticias buenas, malas, y también los textos de quienes han historiado la ciudad, hoy centenaria.

Toco en la  puerta de entrada a su casa  y pronto asoma por la ventana la cabeza de Alberto.
¡Hola don Tiburcio- es su saludo amable, mientras hala la “piola” que me permite el acceso a su casa tantas veces visitada.

El saludo afectuoso de siempre, las palabras de bienvenida y me invita a la sala. Sobre la mesa de centro, tres revistas Semana y un libro del que no alcanzo a leer su título. Alberto, para quienes no lo saben es un gran lector.

Hablamos de los últimos sucesos del país. De la liberación de los policías y militares retenidos, de los reveses por los que pasa el alcalde Petro en Bogotá, de la última columna de Daniel Samper Ospina, “quien superó hace rato a  su papá”. De cómo se vuelve cada vez más complejo lo de la restitución de tierras pues ya son varios los beneficiarios que han resultado asesinados, en fin, la charla es amena y variada.

De pronto Alberto,  como por arte de prestidigitación, hace aparecer una botella de Whisky.

¿Se va tomar uno, pero le va a tocar solo porque yo no estoy tomando”, me advierte mientras pone en la mesa una botella de “Old Parr”  y un vaso. 

Sirvo un trago generoso. Sé  que sabe bien remojar las palabras con un buen licor.  Hablamos y hablamos…hasta que suenan golpes en la puerta de entrada.

Alberto se asoma a la venta y me dice: “Es mi hijo que viene de Medellín”. Saludos de afecto, bienvenida al viajero que se suma a la conversación contando los pormenores del viaje, las horas de la espera para abordar el bus y la feliz llegada a la tierra que tanto se ama.

Al poco rato nuevos golpes en la puerta y esta vez es otro de sus hijos, su nuera y dos nietas. Los recién llegados se despachan en besos al “abuelo”, quien devuelve afecto en sonrisas.
Momentos más tarde la casa tiene un aroma a café recién hecho. Y el ofrecimiento no se hace esperar. ¿Un tintico?.
El whisky queda relegado al olvido momentáneamente mientras el aroma y el sabor de café recién colado llena nuestros paladares.

De pronto salta el tema como si hubiese estado agazapado para darnos una sorpresa. “Esos muchachos de ahora no dejan para nada esos celulares”,  dice alguno de los que estamos en la sala. Ya ni tiempo de hablar con uno tienen pues a toda hora están pendientes de esos aparatos”.

En efecto, una de las chicas manipula su celular, mientras sonríe. Alguna charla la tiene prendida al aparato. Y entonces iniciamos la conversación sobre la modernidad y lo que se fue, charla  que inevitablemente nos lleva también a cómo se realizaba la Semana Santa antaño.

Estos pelados de hoy –dice Alberto- no saben como eran antes los Días Santos. Hoy muchachos y muchachas pueden ir juntos en las procesiones, tomados de la mano. Antes, -rememora-, el sacerdote oficiante decía: “los hombres a la izquierda y las mujeres a la derecha” y entonces sólo quedaba el consuelo de las miradas furtivas.

La chica del celular se interesa por el tema: “¿Era que no podían ir juntos? –pregunta-.
Noooo, responde Atalaya. Y saca a colación el viejo chiste surgido de de esa separación. El sacerdote decía: “Los hombres se miarán a la derecha y las mujeres se miarán a la izquierda”.

Inmediatamente recordamos la famosas “vueltas al parque”. Chicos y chicas daban vueltas al Parque,  unos en busca de la conquista de las chicas a las que previamente se le había enviado “saludes” con la amiga de ella  y las otras, luego de “retornar las saludes”,  esperando que el enamorado se armara  de valor y decidiera dar la vuelta que casi siempre terminaba en noviazgo.

Tercio en la charla para recordar otros aspectos de ésos tiempos: “No se olvide que en épocas anteriores no se podía cocinar ni el jueves ni el viernes santo.  Además uno no se podía bañar porque si lo hacia se podría convertir en pescado. Y nada de cortar leña porque podría estar cortando a Jesús” –eso nos lo decían los mayores.

“Ah, -recuerda Alberto-, lo bueno de la Semana Santa, era el “estren”. La nieta mira extrañada y Alberto explica. “Antes era casi que obligatorio usar ropas nuevas en la Semana Santa, para salir a las procesiones con mucha dignidad y muy bien vestidos. Y claro, como el dinero nunca ha abundado, pues los padres de uno guardaban la mejor ropa en cajones con alcanfor…y por eso en las procesiones el olor a cirio ardiendo y a alcanfor predominaban”.

Cada uno de los contertulios habla sobre el asunto y recuerda algo que compara el ayer con ese hoy en el que a esta época se le llama “Parranda Santa”.

“La música era otro tema de respeto. Las emisoras radiaban música clásica, mientras que por los parlantes del Teatro Aladino, Héctor Osorio, inundaba el Parque Principal y sus alrededores con música de  Mozart; Chopin; Bach y otros músicos que sonaban extraños a  los oídos de un pueblo acostumbrado a las rancheras y los tangos. Pienso que de ahí quedó en nuestro vocabulario de denominar cualquier música clásica como “música de Semana Santa”.

La lluvia da tregua. Son más de las cinco de la tarde y hay que partir. Ha sido un rato ameno, cargado de recuerdos y del descubrimiento de historias nuevas  para los jóvenes.

Doy otra vuelta por el pueblo sin encontrar a nadie conocido.

Subo por la carrera 16 y paso por lo que en el pueblo se llama “La Zona Rosa.” Por las estrechas puertas de algunos de los  negocios ya empiezan a lanzar, a todo volumen,  música estridente, mientras unas chicas sentadas en la acera juegan a aparentar  ser felices.

Share:

25/3/12

HORA DE MORIR



Por Manuel Tiberio Bermúdez


Aquella mañana Rufino, tal como lo hacia todos los días desde que se había desmovilizado como miembro de las autodenfensas, se levantó, puso a calentar el agua para su café mañanero en la vieja olla que guardaba como recuerdo de sus correrías por las montañas, se metió al baño, y mientras el agua corría por su cuerpo, le volvió la escena del momento en que había tenido que disparar contra un hombre. Era un campesino, quien borrachito como estaba, le grito “paraco hijueputa”. Era la única vez que había matado a alguien y aún hoy no entendía por qué lo había hecho.

Mientras se enjabonaba, recordó como y sin decirle una sola palabra al viejo, desde la cadera, donde tenía el fusil, apretó el gatillo del arma y vio, como si fuera una escena de esas viejas películas a las cuales nunca había vuelto desde niño, como el hombre se levantaba en el aire por la fuerza del impacto, el sombrero se elevaba como huyendo de su cabeza, los pies descalzos quedaban casi frente a su cara y la botella de cerveza que el hombre tenía en sus manos, subía por los aires, daba varios giros y caía contra el suelo estallando en pedazos en una mezcla de vidrios y espuma. El hombre quedó en el suelo sobre un charco de sangre que lentamente se iba extendiendo a su alrededor. No sintió nada por la acción que acababa de realizar: ni temor, ni remordimiento...nada y como lo pensaba mientras cerraba la llave de la ducha, aun no sabía que lo había impulsado a matar al hombre.

Preparó un poco de café y lo bebió, metió en la pretina de su pantalón el viejo revólver que hoy vendería para con el dinero que le dieran comprar un poco de comida y pagar el arriendo de la pieza que le servia de hogar y en la que dormía diariamente su soledad. Tomó la desvencijada bicicleta que le servía para transportase todos los días al centro de la ciudad con el fin de tratar de encontrar un trabajo hasta ahora esquivo y casi imposible, y emprendió el camino de la angustia que venía repitiendo desde hacia ya varios meses.

Tres cuadras más delante del inicio de su viaje, abruptamente, de una calle lateral a la que él se desplazaba salió un volquete que tuvo que frenar bruscamente y a pocos centímetros de su humanidad. Rufino venía tan abstraído en sus pensamientos que no había tenido la precaución de mirar antes de hacer el cruce de la calle.

Del vehículo, se bajo un hombre pálido del susto que vociferaba su descontento por la falta de cuidado del ciclista.
- ¿Qué...marica, está creyendo que ésta es su mamá? ¿No ve que casi me lo llevo? Inquirió el hombre con voz airada.

-Disculpe, señor, dijo Rufino...venía distraído. Perdone, decía mientras levantaba la bicicleta que había quedado en el suelo.

-Que perdone, ni que diablos, si lo estripo, lo que me gano es un problema ni el hijueputa. Por andar pensando en los guebos del gallo es que lo meten a uno en líos-.

-Perdone, señor, insistía Rufino, sé que tengo la culpa por andar elevado. Pero no pasó nada así que tranquilo, amigo-.

Las disculpas de Rufino parecían que en vez de calmar al hombre alteraban más su ánimo.
-¡Marica tan bobo, se hace matar por andar elevado!
-A lo mejor es que tiene ganas de morirse hoy...le decía mientras gesticulaba airado-.

-Le ofrezco disculpas de nuevo señor...tranquilo que no le paso nada ni a su vehículo ni a usted, ni a mí...tranquilo-.

-A la larga lo que esta bueno es pa matar este hijueputa dijo el conductor del volquete. ¿O es que tenes ganas de morirte guebón?... y junto con las palabras hizo el gesto como de dispararle a Rufino.

Rufino no hizo nada. Su mano derecha se dirigió hacia la pretina del pantalón, sacó el revolver, y con el mismo tono con el que le había ofrecido sus disculpas al airado conductor que lo insultaba le dijo:

-El que se va a morir hoy es otro-. Y apretó tres veces el gatillo de su revólver.
Los tres disparos impactaron en el pecho del hombre silenciando los insultos que nuevamente había comenzado y que los sonidos de los disparos no dejaron escuchar.

El volquetero se llevó sus manos al pecho que no alcanzaron a atajar los chorros de sangre que brotaban por los agujeros abiertos por las balas. Lentamente se fue doblando sobre sí. Primero, se arrodilló mientras miraba con terror la sangre que salía de su cuerpo. Luego, como buscando apoyo en su vehículo se recostó en la parte delantera del mismo y desde allí miraba horrorizado para todos los lados como buscando auxilio, pero a esa hora de la mañana, no había un solo ser humano por ahí.

Rufino, guardó el arma en donde la había tomado. Se montó en su bicicleta y continuó el recorrido que lo llevaría al centro de la ciudad. Ni siquiera miro al hombre a quien la vida se le iba por esos tres pequeños ríos de sangre que ya habían empapado sus ropas y empezaban a formar un pequeño arroyo en el suelo.

No sintió nada por la acción que acababa de realizar: ni temor, ni remordimiento... nada, y como lo pensaba todos los días que estaba tomando el baño mañanero, no sabía qué lo había impulsado a matar al hombre, pero cayó en la cuenta de un hecho para él especial: era la segunda ocasión que mataba a alguien.
Share:

12/3/12

El aparato que revolucionó las comunicaciones: el celular

Por Manuel Tiberio Bermúdez – charlemos@gmail.com

Algunos maúllan, otros ríen, los de más allá lanzan al aire una tonada, otros gritan, algunos silban, y los más modestos, simplemente timbran a la usanza antigua. Son los teléfonos celulares que están cumpliendo 29 años de su aparición por primera vez en el mercado del mundo.

El afán de los seres humanos por comunicarse se pierde en la historia del tiempo. Dicen los estudiosos que el arte rupestre son los símbolos más antiguos que se conocen para la comunicación y no se sabe si era para comunicarse con sus dioses o con sus, aún pocos hermanos de planeta.

Luego iría el hombre evolucionando y aparecieron petroglifos, pictogramas, ideogramas, y surgieron las sociedades orales. Luego vino el alfabeto y la escritura Pero el hombre no estaba contento con poderse comunicar de tú a tú, quería hacerlo a distancia, no se sabe si por pereza o practicismo, pero quería entablar comunicación a grandes distancias.

Bueno, como ya lo sabemos aparecieron las primitivas señales de humo pero parece ser que solamente alcanzaban para avisar.”pilas que viene el enemigo”,pero no para una  charlaita de ¿Qué más?; ¿Cómo amaneció?; ¿Estudias o trabajas?, y  etc., etc.

También sabemos que nuestros antepasados se comunicaban mediante sonidos de tambor o tronco de árboles ahuecados. Estos métodos pienso que tenían muchas limitaciones tales como uno estar bien entretenido y no escuchar el mensaje. Así que imagino que cuando se regresaba a la aldea y le preguntaban: ¿te enteraste? ¡Nó!... ¿usted en qué anda,  en qué selva es que vive; mantiene elevado”, y podrán ustedes suponer el resto del regaño.

También han servido para comunicarse los nudos, los corredores, que viajaban grandes distancias para llevar una razón a lo mejor sin importancia, los gritos, siempre tan funcionales, y claro, la imprenta, pero ahora… ¡aplaudan!, los seres humanos tenemos los teléfonos móviles o celulares.

Eso si se llama evolución. El celular, que en sus inicios costaba un jurgo de plata, hoy, usted saluda a alguien y le regala un aparato de esos.

El móvil éste que ha invadido el mundo tan solo tiene 29 años, pues apareció en 1983. Martín Cooper, considerado el padre de la telefonía móvil fabrico el primer radio teléfono entre 1970 y 1973, pero fue en 1983 que apareció el antecesor de los teléfonos que conocemos en la actualidad. El aparato aquel pesaba unos 780 gramos, era analógico y su batería sólo le daba autonomía para una hora de conversación u 8 horas en espera. El sonido era pésimo, y costaba la bobadita de 3.995 dólares. Era pesado y nada estético y obvio, no estaba al alcance de la mayoría de las personas. El nombre del primer móvil fue Motorola DynaTAC 8000X, pero en Colombia le pusieron de mote a los primeros teléfonos: la panela.

Desde ese 1983 a hoy, éste aparato –considerado por muchos el mejor invento de la humanidad- ha evolucionado a tal punto que tienen, juegos, reproductor de música, relojes incorporados, cámaras fotográficas, calculadoras…y hasta sirve para hacer llamadas.

Hace algunos años no más, el ingenio tecnológico sólo servía para hacer llamadas, pero hoy ya se habla de teléfonos inteligentes – en la mayoría de las ocasiones mucho más inteligentes que sus propietarios-  son equipos en los que se puede ver videos, televisión, navegar en la web…y también, claro, hablar con otros seres humanos.

Claro que el teléfono móvil sirve bastante, pues  gracias a él, el chisme se ha tomado el planeta y ya usted, no importa en qué lugar se encuentre, puede saber todo, con saludo, charlada ampliada y obvio, chismes incluidos. Por ahora los dejo… están llamando a mi móvil.













Share:

Blog Archive

Tenga en cuenta

Lea, comente y comparta