Textos que compartidos se vuelven viajeros.

21/10/05

Cali si tiene conque


Por Manuel Tiberio Bermúdez

Las ciudades que habitamos y nos habitan terminan por ser la segunda casa del hombre. A ellas nos aferramos para disfrutarlas, gozarlas o padecerlas. Las vemos crecer en lo físico y en nuestros sentimientos, porque mientras más vivimos una ciudad más crece en nuestros afectos.

Cali, para muchos es la casa general así tengamos nuestro refugio particular señalado con una placa que nos marca el punto exacto donde cada día vivimos nuestra cotidianidad.

A esta Cali que queremos pertenecemos y nos pertenece porque en ella desarrollamos nuestros sueños, porque aquí decidimos hacer nuestra vida.

Hay épocas en que la ciudad parecería que se va desdibujando en el querer de sus habitantes, tal es el caso de lo que hoy sucede con “La Sultana del Valle”. Uno escucha comentarios que cuestionan la ciudad: “Que está muy feita; que se perdió el civismo que nos caracterizaba; que ya no existen personas que la quieran y la mimen; que Cali es olvido en el sentimiento colectivo de quienes la ocupan”. Y esos comentarios, producen pesadumbre, porque muchos la miramos de una manera diferente, para incontables seres humanos que aquí vivimos seguimos pensando con don Eduardo Carranza, que “Cali es un sueño atravesado por un río”.

No debemos desanimarnos Cali es una muchacha de 469 años, “bien vividos y bien gozados” y esa vivencia y ese gozo se traduce en su crecimiento, en su progreso, en la belleza que la caracteriza y que atrae anualmente a visitantes de otras regiones de Colombia y a turistas del exterior que han escuchado de su fama por ser: “la sucursal del cielo”, “la capital deportiva de América”, “la capital mundial de la salsa”. Esa Cali que vive en nosotros es la que queremos, y si estamos atravesando una mala racha, tenemos que tener en cuenta que no es solamente aquí donde se da. También a Cali, nos han llegado las secuelas de todos los males que padece la patria: la guerra inmisericorde que ha envuelto a todas las regiones de Colombia, la dañina apertura económica que ha golpeado las economías en todas las ciudades del país, los desplazamientos que han hecho las urbes difíciles de gobernar, el narcotráfico que cambió el norte y los sueños de toda una generación, en fin, lo que Cali padece, es el reflejo de esa Colombia que anda buscando salidas para mejorar la convivencia entre todos y para que el progreso sea plural y alcance, sin distinciones, para quienes vivimos en las diferentes regiones de nuestra patria.

A Cali lo que le hace falta es amor: el retorno a sentirnos orgullosos de vivir en esta ciudad, no que sea solamente el sitio, lugar o espacio, en donde nos buscamos el sustento. Deseamos que Cali sea parte de quienes la habitamos, que sintamos amor por ella, que deseemos muy intensamente cambiar su destino, un poco embolatado es cierto, pero no por ello imposible de enrumbarla por otros caminos mejores para todos.

¡Cali si tiene con que!, hay que volver a reactivar en todos nosotros ese civismo que nos caracterizó y que fue ejemplo para el resto de los colombianos; hay que volver a ayudar a tener una ciudad limpia; hay que descaotizar el transito que tantos dolores de cabeza nos producen, hay que volver a la alegría que ponía sonrisas en los rostros de quienes caminaban por sus calles, hay que elegir gobernantes idóneos para la ciudad que nos interesa.

¡Cali si tiene con que! Más de dos millones de habitantes que quieren una Cali mejor, más progresista en donde todos podamos vivir con dignidad. Tiene una actividad cultural y unos trabajadores de las distintas manifestaciones artísticas que hay que rescatar y ofrecerles espacios para que se muestren, para que se manifiesten y festejen la vida. Si es cierto, también está la belleza de sus mujeres, su salsa por la que es reconocida en todo el planeta, pero sobre todo, hay ingenio en las gentes, hay deseos permanentes de buscar nuevos derroteros a su destino y por eso es que a veces la cuestionamos.

¡Cali si tiene con que! Hay que buscar los caminos para fortalecer su agricultura, la ganadearía, el comercio. Hay que apoyar su industria de Papel, Plásticos, Textiles, Carbón, Maquinaria Agrícola, Industrial y Medicinas. Hay que visitar sus atractivos turísticos: Museo Arqueológico La Merced, Hacienda Cañas Gordas, Museo del Oro, Museo La Tertulia, La Ermita, Estatua de Belalcazar, Centros Comerciales, Zoológico Municipal. Hay que disfrutar su gastronomía: Sancocho de Gallina, Pandebono, Masato, Dulces y Macetas.

¡Cali si tiene con que! Esa brisa que llega en la tarde tiene que volverse un rumor para todos, tiene que ayudarnos a que desde el norte hasta el sur y del oriente al occidente de la ciudad se vuelva a sentir el optimismo, y que por sobre toda la capital se escuche ese susurro que todos tenemos que adoptar: ¡Cali si tiene con que!

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20/2/05

Llorar en New York


Manuel Tiberio Bermúdez


Son las dos y quince minutos en el reloj que hay en la pared de la oficina de Jhon Monedero. Por entre el agite y el vocinglerío de clientes y empleados, él teléfono grita su reclamo para ser escuchado.

Afuera la ciudad vive y vibra, ulula, pita y corre.

El teléfono continúa su repique hasta que logra atención.

La voz del otro lado de la línea en tono angustiado suelta una pregunta.

“El señor Jhon Monedero? – Si, en qué puedo servirle es la respuesta-
¿Gracias, es ahí donde trabaja Jaime?
-Si aquí está en el trabajo, anda un poco ocupado. Algún mensaje para él?

Le hablamos desde Colombia. Es que… –la vacilación produce la desazón de lo incógnito- es que tenemos una mala noticia para él.
- Dígame, en qué le puedo ayudar –
Es que el hijo de Jaime está como grave, dizque le dio un aneurisma.
-Y dónde lo tienen – interroga Jhon Monedero, con la preocupación reflejada en su voz.
-Va camino al hospital en una ambulancia y queremos informarle a Jaime-
- Un momento por favor –

Jhon, piensa que esta será una muy mala noticia para Jaime, pues sabe bien que este tipo de dolencia requiere de una intervención quirúrgica y que en muchas ocasiones es fatal.

Jaime, es un hombre de unos 52 años, que ha dedicado tres de su vida a buscarse la posibilidad de un futuro mejor para los suyos: una mujer que quedó en Colombia, un hijo que juega al béisbol y una hija que hace apenas dos meses llegó de Cali en apoyo de los sueños de Jaime. El y ella comparten un cuarto en la ansiada Capital del Mundo.

Su mujer, vive en la Capital del Valle, en donde, con un modesto trabajo ajusta los pesos que cada mes, sin falta y desde que llegó Jaime a New York, le hace llegar cumplidamente para mantener su presencia y su amor responsable por los suyos.

Cuando Jhon, dueño de una importante compañía de envíos de dinero y paquetes a Suramérica, sale a la puerta de su oficina, ve a Jaime que esta atareado moviendo unas cajas que serán enviadas por otros compatriotas a sus seres queridos que viven “abajo” como llaman la mayoría a sus países que dejaron en el Sur.

Jaime tiene una llamada de Colombia –le dice su patrón-

-Un momento don Jhon-, responde Jaime y en su alma canta la alegría por el llamamiento. Piensa en su mujer y la imagina hermosa, alegre y esperanzada en su regreso. Llevan más de treinta años de matrimonio y cada llamada es su aliciente consolador. Siempre tiene palabras dulces y tiernas para él, es un amor viejo pero no gastado, lo renuevan en cada llamada dominguera que es la compensación que espera a su dura labor de la semana.

Mientras camina hacia la oficina de don Jhon –como le llama Jaime- piensa en Joel su hijo de 19 años que le ha regalado complicidad y amor. Lo vio nacer y supo por primera vez que era la alegría. Le vio ir a la escuela; asustado primero y luego resuelto, despierto e inteligente. Compartió sus juegos iniciales y hoy se siente orgulloso de los caminos que el muchacho ha recorrido en el campo del deporte. Hace apenas tres meses atrás le dio la increíble noticia de que había sido seleccionado por un caza talentos del béisbol para que se viniera a New York a jugar con un renombrado equipo. Estaba en los trámites de la contratación y su muchacho ya le había anunciado que como anticipo recibiría 50 mil dólares para que comprara una casa a su mamá y se viniera más tranquilo a los Estados Unidos. A lo mejor esa es la causa de la llamada.

Todo esto lo pensó Jaime mientras se dirigía a la oficina de Jhon. Estaba orgulloso de él, y de los suyos y por eso, no se dio cuenta que levantó su cara de triunfador y como que agigantó su figura por la vanidad.

Aló –dijo Jaime-
Hola Jaime, es Martha su vecina.
Qué más doña Martha cómo está? – el corazón se le encogió en el pecho, no era ninguna de las voces que amaba y eso para él era un feo presagio.
Es Joel, su hijo….
La pausa del otro lado de su auricular le inquieto aún más.
¿Qué pasa doña Martha, qué pasa con Joel?
- Jaime: Joel sufrió un aneurisma y en este momento lo llevan para el Hospital en una ambulancia-.
Su esposa se fue con él a acompañarlo y me pidió que lo llamara. Ella lo llama al momento desde el Hospital.
-Bueno, muchas gracias doña Martha.

Colgó el teléfono y regresó a su sitio de de trabajo. Unos minutos después el aparato sonó nuevamente y Jhon respondió. Era otra llamada de Colombia, esta vez del Hospital.
El señor Jhon Monedero…preguntó la voz
-Para servirle, contestó Jhon-
Es para informarle que el joven Joel, quien recién fue traído a este hospital para ser operado de un aneurisma, falleció durante el traslado y tengo entendido que su padre trabaja con ud para que haga el favor de informarle.
-Jhon no tuvo tiempo de contestar nada. Solo escucho el clic y el silencio que dejó la comunicación interrumpida.

Recostó su cabeza en el escritorio y dejó el campo a la angustia que le produjo el hecho de tenerle que dar la noticia a su empleado. Miró como buscando ayuda y precisamente en ese instante asomaba a la puerta uno de sus amigos más queridos. Fabio, un vendedor que tiempo atrás había sido su principal proveedor de materiales para su empresa.

¿Qué pasa? preguntó el recién llegado
Hermano, dice Jhon a su interlocutor, tengo un problema difícil de solucionar. Y a continuación le cuenta toda la historia.
No sé como decírselo, reflexiona al terminar su narración.

Difícil situación –Dice Fabio- pero no hay otra alternativa. Sin rodeos se dirige hacia donde esta Jaime.
-Jhon me ha contado que tu hijo fue llevado al hospital?
-Si, don Fabio, le dio un aneurisma y eso me tiene muy preocupado. Estoy esperando llamada de Colombia para saber como sigue.
-Un aneurisma es una cosa seria, le dice Fabio. Así que hay que prepararse para lo peor.
Si, ya lo sé, dice con humildad, estoy esperando lo peor.
Hay que tener fe en Dios, pero también hay que prepararse para la realidad de la muerte. La incógnita que nos aterroriza…
Su reflexión fue interrumpida por Jhon, quien desde la puerta de su oficina llamaba a Jaime.
Tiene otra llamada de Colombia, le gritó.
Jaime miró a los ojos de Fabio, y le dijo con su mirada que esa llamada traería la noticia peor.

Jhon salió de su oficina y dejó a su empleado solo para que pudiera hablar con tranquilidad.
Fabio y Jhon se miraron con la angustia cómplice de quien sabe que en ese instante Jaime está siendo enterado de la verdad que ellos ya conocen.

Se dirigen a la oficina de Jhon y encuentran a Jaime con el teléfono en la mano, sin decir palabra y llorando.

Jaime levanta sus ojos y mira a Fabio y a Jhon y les dice: -se fue-. Y vuelve a agacharse para encogerse sobre su sufrimiento.

Los dos hombres se miran solidarios en la amargura de Jaime. Saben la otra realidad más cruel aún por encima de la muerte. Jaime nunca podrá acompañar a su hijo en el sepelio, ni podrá abrazar a su mujer que ama para decirle una frase solidaria o darle un beso en el que quepa todo el dolor que siente.

Es otra víctima más del sueño americano. Otro ser humano atrapado por el ejercicio de fabricarse en la distancia, lejos de su familia, un futuro mejor para él y los suyos. ¿De que sirve en este momento los ahorros que reposan en su cuenta sino tiene la posibilidad de un pasaje para ser compañía a su hijo que adora y para ser ternura para su mujer que ama.

Jaime levanta su cara y dice unas palabras para su consolación y su impotencia.
¡Tan joven que estaba! Y en esa frase navega todo su dolor se siente la dura realidad de su angustia.

Fabio y Jhon le dan un abrazo y le susurran unas frases de consuelo que quizá ni comprende ante tanta tristeza que le llena.
Jaime, le dice el propietario de la empresa. Tómese el tiempo que requiera, váyase a casa y vuelva después.
Jaime lo mira desde sus ojos angustiados y llorosos. -Gracias, le dice-.
Toma su chaqueta para el frió que aún es rey en la ciudad de los rascacielos y se encamina a la salida.
Fabio, en un ejercicio de ternura, en un gesto solidario y sensitivo, le pasa su tarjeta personal y le dice: Nada, hermano, por si algo necesita, aunque sea una palabra de compañía.

El reloj de la oficina señala las cuatro y seis minutos de la tarde. Jaime sale a la calle y se aleja llorando su tristeza, su impotencia, su amargura.

Algún transeúnte que pasa por su lado, le mira sorprendido ante sus sollozos y piensa para si: Que extraño, ese hombre llorando en New York.


Marzo 23 de 2005
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