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19 de octubre de 2015

Nos dejó “Chucho Calandria”

Siempre alegre, "Chucho" ponía la nota de humor.

Por Manuel Tiberio Bermúdez

El recuerdo más lejano que tengo de Jesús Antonio Jaramillo Tobón, es el de cuando tenía su famosa prendería “La Mina”, en la calle 9.

Para ese momento, yo era un niño, y en el lugar tenía algunos artículos en las vitrinas que yo no paraba de admirar cada que tenía oportunidad. Eran vasijas de barro que muy seguramente él comparaba a los guaqueros de aquella época pero que para mi tenían un especial encanto.

Don Jesús fue perdiendo su nombre en el afecto que se ganó entre los caicedonenses y todo el mundo le nombraba como don Jesús o Chucho Calandria.

Dueño de un temperamento alegre y dicharachero, era notoria su procedencia paisa. Había llegado a Caicedonia desde su natal Andes y se trajo con él el espíritu de negociante con el que tuvo éxito en Caicedonia.

Durante la protesta cafetera. En la foto Jorge Robledo y otros manifestantes.


Muchas son las anécdotas que se le atribuyen a “Chucho” pero una de las más recordadas fue el matrimonio de Casilda y Conde. Ceremonia que fue acolitada por el párroco del momento.
Alguna vez, cuando una protesta cafetera, una delegación de Caicedonia viajó a algunos municipios de Antioquia para apoyar la actividad que buscaba reivindicar los cafeteros del país, siempre tan maltratados por el gobierno central.

Como parte de la comisión estaba “Chucho” y otros activistas cafeteros de Caicedonia y de otras regiones del país como,  Jorge Enrique Robledo. Yo iba en calidad de periodista,  con el Jorge Eliecer Díaz, “El Mono Díaz”, camarógrafo,  registrando la actividad para luego hacer unas notas para el canal local.

Al regreso de Andes, en las horas de la tarde, había un derrumbe en la vía que nos impidió continuar nuestro recorrido y tuvimos que parar  en una casa que había a la orilla del camino.
Por esas cosas de la suerte, logramos que quienes habitaban el lugar nos acomodaran a 4 personas,  en una casa de dos pisos que quedaba cerca al sitio en donde estábamos.

Era una casa totalmente sola, pero muy limpia, con varias piezas y camas suficientes para varias personas. Para nuestra sorpresa en la cocina había una gran olla llena de café que notamos se podría utilizar para dar la bebida a mucha gente. En la cama que yo escogí para pasar la noche,  por deferencia de nuestro incognito anfitrión, había un cinturón militar. Eso y el café nos hicieron sospechar que la casa aquella podría ser un sitio de paso o de descanso de la guerrilla pues estábamos en un sitio alto y montañoso. Y las personas que nos habían atendido en la primera casa cada determinado tiempo quemaban papeletas sin ton ni son, cosa que dedujimos, eran señales para alguien.  

Con estas deducciones sacadas por los indicios ya mencionados nos acostamos con el convencimiento de que estábamos en una casa de descanso de la guerrilla, pero que quien sabe porque circunstancia se habían compadecido de nosotros y nos habían permitido usarla para pasar la noche, mientras el resto de compañeros permaneció en la primera vivienda incómodos y sin camas en las que descansar.  



Lo cierto es que  el cansancio hizo que guardáramos silencio en busca del sueño. Pero de repente en la cocina que estaba en la parte baja comenzó a sonar música a gran volumen.
“Chucho” dejó oír su voz para decirnos por encima de una canción de carrilera:
“Estos hijueputas son como los indios…nos van a matar y por eso ponen música”.

El sonido de nuestras carcajadas fue lo último que se escuchó aquella noche en el lugar antes de entregarnos definitivamente al descanso.





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