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9 de junio de 2009

En el rebusque, estamos todos


Por Manuel Tiberio Bermúdez


Diariamente, la necesidad nos arroja a la calle a miles de colombianos: hombres, mujeres y niños, jóvenes, adultos y ancianos, a ejercer el ingenioso, pero no fácil oficio del rebusque.


Todos tenemos algo en común: formamos parte del sinnúmero de desempleados que ya perdimos la esperanza y que en las estadísticas nos nombran como trabajadores de la economía informal.


Somos muchos, muchísimos más de los que las cifras aseguran. Caminamos las calles, cargando con nosotros hojas de vida por docenas y cada que nos preguntan ¿qué estamos haciendo?, contestamos: “trabajo independiente”, es decir, debe interpretarse como, “estoy desempleado”.


Pero, como siempre, a unos les toca más difícil que a otros para ganarse lo del bus, que a propósito es un puesto de venta rodante de las más diversas mercaderías: lápices, libros, agujas de las derechas, de las torcidas, de ojo grande de ojo pequeñito. Combos de cadena, pulsera, aritos y anillo, por únicamente 5 mil pesitos....”y es plata Ley 900” según asegura el vendedor.


El bus, también es el ágora moderna en donde se escuchan las historias de redención y milagros de salvación: “Me da pena interrumpir su viaje, damas y caballeros, pero gracias a la amabilidad del señor conductor –que Dios lo bendiga- voy a narrarles en pocos segundos mi historia. Yo fui un delincuente callejero y no quiero seguir haciendo daño a nadie, pertenezco al centro de rehabilitación “Ya lo dejé”, y como una muestra de mi deseo de cambiar le estoy ofreciendo en el día de hoy esta promoción que consiste en un bolígrafo, un portaminas y sus repuesto de minas. En cualquier papelería el solo lapicero le vale 800 pesos, pero yo le doy todo en tan sólo mil pesitos. Si Ud. no quiere llevar esta fabulosa promoción, pueden colaborarme con cualquier monedita, la que su corazón le diga, no importa sin son cien, doscientos, lo que Ud. quiera. Les deseo un feliz viaje y que Dios los bendiga”.


No mas se cierra la puerta tras el recién bajado, entra de un salto una chica a la que el sudor del trajín por su trabajo pone visos de luz sobre su piel. “Señoras y señores, me he decidido por este trabajo que es honrado para evitar las tentaciones de un mal camino al que me puede llevar la necesidad. En el día de hoy les vengo a ofrecer este delicioso producto. Es una rica galleta que viene en tres sabores. Una vale doscientos para mayor comodidad lleve las tres en quinientos. Por favor no arrojen el empaque dentro del bus. Muchas gracias y que tengan un buen viaje. Recuerden una vale doscientos las tres solamente quinientos”.


El bus es también escenario en donde la necesidad del pan cotidiano trueca canciones por monedas. “Señoras y señores, perdonen que perturbe su viaje. Como ven vengo a interrumpir sus reflexiones para ofrecerles algunas canciones que es con lo que me gano la vida para sostener a mi familia. Y haciendo los más difíciles actos de equilibrio, para que pase la señora con una enorme bolsa, o sonriendo al niño que quiere tocar su guitarra de todos los sustentos, nuestro artista interpreta dos o tres temas, que nadie aplaude, pero que conmueve los sentimientos y aligera de monedas en los flacos bolsillos de los solidarios con el rebusque.


Más allá, esquivando la prisa de la cotidianidad se prepara el “hombre estatua”. Maquilla su rostro con una untura de color dorado, se acomoda una túnica brillante, se quita los zapatos de muchas calles recorridas y los pone, más que con cuidado, con amor dentro de un balde plástico el que luego voltea boca abajo y convierte en su pedestal al que sube para adoptar su rol de “estatua humana” mientras por su lado corre la gente en ese loco afán que impone la rutina cotidiana.


En una esquina, dos niños aprovechan los escasos segundos de quietud que obliga la luz roja del semáforo, para trepar apresuradamente, uno sobre los hombros del otro, y en un santiamén, realizar malabares, a los que el fuego que los acompaña da la impresión del riesgo fatal. Luego, en un tiempo que ya está reducido a su mínima expresión, corren entre los vehículos para recoger la solidaridad o la indiferencia que su improvisada mini función de circo contra el hambre pueda recibir de los apresurados conductores.


Por allí sentado sobre el anden de los pasos presurosos, un pintor sin caballete, en tiempo record, plasma, sobre un espejo, el paisaje de nuestros sueños inalcanzables. Casi se siente el viento despeinando la palmera que en primer plano, enmarca un mar azul y calmo en el que quisiéramos estar para espantar este calor que nos envuelve.


Dos pasos más allá un hombre asegura: “el que le vende a Ud. el televisor no sabe sino de ventas, pero no sabe nada de electrónica. Yo, en este día le estoy entregando por solo 5 mil pesitos, el “atrapa canales”. Con este aparatito que Ud. Ve en mis manos, puede coger todos los canales de televisión. Llévelo uno para el señor, otro para la señorita....


“Tengo la uña de gato” grita un individuo que tiene varias cortezas de árbol sobre un trapo rojo en el piso. Yo miro sin que me vea, sus manos huesudas y manchadas de nicotina, pero fuera de la mugre que se nota entre sus uñas no veo nada parecido a las garras del felino que casi con orgullo pregona.


Pero ahí no termina el hervidero de rebuscadores. Médicos, políticos a punto de inanición, ingenieros con o sin ingenio, sociólogos, pediatras, y muchos otros profesionales que arrojan diariamente las universidades y los que hace tiempo arrojó, también andan en la dura tarea del rebusque y no olvidemos a quienes con sagacidad se rebuscan entre los rebuscadores.


Corro presuroso, para no desentonar en medio del aparente afán de todos y llegó hasta mi casa a escribir esta crónica que me permite mi propio rebusque cotidiano.


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